Clases de Yoga: el arte de parar

Yoga / 06.03.2016

Con las clases de Yoga aprendemos el “arte” de parar; la característica fundamental que lo constituye se fundamenta en conseguir adoptar unas posturas especiales, y una vez adoptada, mantenerla de forma estática: parados en la postura, sin oscilaciones, sintiendo más y más profundamente como la inmovilidad permite objetivar, distanciar, serenarnos.

En las clases de Yoga la quietud no es solamente del cuerpo, sino también de la mente; todo el esfuerzo del practicante de Yoga se dirige a conseguir incrementar su inmovilidad, tanto corporal como mental.

Vida, estrés y ansiedad

Quizá lo que sobra en este mundo es actividad. Pensamos que nuestras ocupaciones son realmente importantes y, lo que es peor, que a un cierto nivel son vitales, por lo que nos vemos empujados a realizarlas bajo una gran dosis de ansiedad.

El hacer lleva implícito en sí mismo una cualidad de esfuerzo, de tensión, que inexorablemente genera en nosotros un estado de ansiedad. Hay un exceso de actividad, tanto en cantidad como en la cualidad interior que le acompaña habitualmente.

En nuestra época se la designa incluso como la enfermedad del siglo: el estrés. Este estado de tensión/ansiedad tiene una serie de consecuencias para la vida concreta de las personas, llenándolas de insatisfacción.

Los beneficios de las clases de Yoga

En las clases de Yoga físico se pone principalmente el acento en el trabajo sobre el propio cuerpo, y su quietud en la postura o asana. El Yoga mental, que va implícita en las clases de Yoga físico, pone su acento en el trabajo con la propia mente, y su quietud en las actitudes mentales, la mente concentrada y serena.

Al para cuando vamos a unas clases de Yoga, al detener lo que es la marcha automática de nuestro cuerpo y de nuestra mente, surge la posibilidad de la toma de conciencia directa con lo que somos. Al parar, al inmovilizar nuestro cuerpo y nuestra mente no desaparecen los automatismos, sino que siguen actuando.

Es justamente esa actividad irreflexiva de nuestra habitual forma de ser la que al seguir manifestándose con su habitual descontrol nos va a permitir conocernos realmente en todas nuestras cotidianas expresiones automáticas, ya que al permanecer conscientes y atentos, vamos desarrollando el conocimiento de nosotros mismos.

Nos vamos viendo y sintiendo actuar, pensar, nos vamos objetivando al distanciarnos de nosotros mismos, y paradójicamente, nos vamos acercando más y más al núcleo que de una manera más vital nos constituye.


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