La coherencia a cualquier precio

Psicólogo Madrid, Psicoterapia / 26.11.2014

Al “principio de coherencia” se atribuye una importancia desmesurada, ciega, casi intocable y tampoco la coherencia ideologica más estrema, causa de las acciones más atroces del ser humano a lo largo de toda su historia, ha sido útil para que aprendemos a desconfiar simplemente en la virtù del ser coherente a cualquier precio.

La coherencia con sus propias ideas y valores se mantiene un principio inoxidable aunque la historia y la ciencia demuestran que solo los estúpidos y los locos no cambian nunca de idea, también frente la evidencia de su fracaso.

«Se sabe que los seres humanos no aprenden de la experiencia» Benjamin Franklin

Conociendo al enemigo enmascarado

No es nuestra intención negar el valor de la coherencia, pero queremos distinguir la aplicación funcional de la disfuncional y peligrosa, para la persona en si y para los demás. En otros términos, si la premisa es incorrecta, a través de un razonamiento correcto porque coherente llegamos a conseguir resultados desastrosos.

Cuando la coherencia deja de ser un instrumento útil de la logica o una forma de defensa de las propias ideas y principios y se transforma en un procedimiento dogmatico (que afirma o presenta como verdad innegable o como un hecho establecido lo que es discutible), nos convierte en personas rígidas e incapaces de adaptarnos de forma flexible a los cambios de la realidad. Se trata de un efecto que va en contra del principio de adaptación, cardine fundamental de la supervivencia y de la evolución de los sistemas vivientes.

La coherencia: una tremenda ilusión

¿Hemos conocido alguna vez en nuestra vida una persona absolutamente coherente con sus pensamientos y sus acciones? Difícil que alguien pueda responder afirmativamente: balanceamos sin parar entre vientos de pasiones y deseos, vórtices de tormentos y sufrimientos, éxitos y desilusiones. La coherencia absoluta (o extrema) es de otro mundo, no pertenece a nosotros humanos. Cuando la pretendemos a los demás o a nosotros mismos entramos en el mundo de la patología disfrazada de virtud.

(de “Psicotrampas“. G. Nardone)


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