La pareja en crisis (segunda parte)

Psicólogo Madrid, Psicoterapia / 22.07.2015

En esta segunda parte seguimos con la revisión de los “ingredientes” que provocan discusiones, fricciones, motivos de enfado y rechazo, complementariedad patógena o escaladas simétricas en la relación con la pareja.

Los ingredientes principales de una pareja en crisis

Es importante aclarar que no es suficiente una expresión episódica de uno o más de estos actos de comunicación (puntualizar, recriminar, echar en cara, sermonear, “¡te lo dije!”, “lo hago sólo por ti”, “deja, ya lo hago yo”, reprobar) para llevar a cabo una dinámica de relación de pareja connotada de incomprensiones, fricciones y peleas, sino que se necesita la insistencia y la repetición constante de al menos uno de ellos. Sin embargo, el verdadero artista del diálogo catastrófico es capaz de utilizar si no todas ellas si una buena parte de las técnicas que iremos describiendo y pasar imperceptiblemente de una a otra.

Quinto ingrediente: «¡te lo dije!»

Más allá de las formas desastrosas de comunicar, como son puntualizar, recriminar, echar en cara, que podemos definir como ingredientes básicos para el diálogo fallido, existen formas menores de comunicación, menos articuladas aunque capaces de provocar irritación y alejamiento de la pareja. Habitualmente son actos comunicativos puntuales y no secuencias interactivas, pero su poder evocativo es formidable. Su fuerza reside en que consigue evocar de inmediato en la otra persona las sensaciones de provocación, irritación y descalificación.

La madre de todas éstas es la frase clásica pronunciada a continuación de cualquier acontecimiento desagradable: «¡Te lo dije!» Esta declaración probablemente generaría rabia en cualquiera. El efecto desastroso es directamente proporcional a la importancia en el plano afectivo de la persona que pronuncias estas palabras, ya que cuanto más implicados emocionalmente estemos, tanto más insoportable es oír que nos dicen «¡Te lo dije!»

Existen muchas variantes de esta frase, pero todas tienen la misma estructura y función, como por ejemplo: «yo ya lo sabía…» o «no me quisiste hacer caso, ¿ves?» La idea de fondo es que la pareja nos comunica el hecho de que hemos cometido algún error porque ni le hemos escuchado ni le hemos dado importancia a sus palabras o a su opinión. Si yo ya estoy enfadado conmigo mismo porque he cometido un error, el hecho de que el otro me haga notar que lo he cometido desde el momento en que no le he hecho caso – admitiendo que esto sea cierto y no sea solamente impresión suya – no me ayuda en absoluto, más bien hace que me enfurezca aún más conmigo mismo y con él. Cuando pronunciamos esta “frasecita” nos transformamos en los pararrayos de la rabia de nuestra pareja, a la cual le damos la posibilidad de descargar contra nosotros toda la carga que tenía contra sí a causa de su error.

Sexto ingrediente: «lo hago solo por ti»

Otra frase esencial capaz de desencadenar la furia de la persona más tranquila es: «Lo hago sólo por ti». De esta manera se declara un sacrificio unidireccional por parte de uno de los dos miembros de la pareja: esto no solo hace sentir al otro en deuda, sino que lo obliga también a recibir algo que lo hace sentirse inferior, ya que necesita de un “generoso” acto altruista.

Es comprensible que este mensaje, que la mayoría de las veces llega sin que lo pidan, sea muy irritante porque coloca en una condición emocional ambivalente: tendría que agradecérselo por la generosidad, pero estoy en dificultad en cuanto no ha sido deseado por mi, ni solicitado.

Esta declaración viola una regla fundamental de la llamada nobleza de espíritu: «nunca reclamar al otro lo que hacemos por él». En efecto, si alguien nos reclaman un sacrificio que ha hecho, o también sencillamente un pequeño favor, esto nos indica su necesidad de ser reconocido y gratificado por aquello que, si de verdad hubiera sido noble y generoso, tendría que haberlo hecho sin que se notara. No debe sorprender que las reacciones a este mensaje pueden parecer actos de ingratitud: un acto altruista declarado se transforma en una maniobra decididamente egoísta. Si yo no pretendo el reconocimiento de mi sacrificio, la otra persona (si no es precisamente despreciable) se dará cuenta por si sola y me estará doblemente agradecida: una vez por el favor recibido y otra por no habérselo reclamado.

Séptimo ingrediente: «deja, ya lo hago yo»

Es una actitud que se disfraza de gentileza pero que en realidad esconde una forma de descalificación de las capacidades de la pareja. Se trata de aquellas situaciones en que se sustituye al otro al realizar una tarea, haciendo que nuestra actuación parezca un acto de cortesía y atención en nuestra relación: «querido/a deja que haga yo esto».

«En apariencia parecen de verdad actos gentiles para salvar al otro de su torpeza, pero en realidad el que “padece” la gentileza la vive como un acto de descalificación de sus propias capacidades»

Una ayuda no requerida no solo no ayuda, sino que perjudica. Esto es así porque el acto, si bien a nivel superficial de comportamiento comunica una buena intención, a un nivel emocional más profundo significa: «déjame hacer a mí porque tu no eres capaz». La evocación de este mensaje subterráneo tiene un poder formidable que envenena y enturbia incluso la más sincera de las buenas intenciones.

Octavo ingrediente: reprobar

La reprobación es una secuencia representada por una primera parte en la cual se felicita al otro y una segunda parte en la cual se afirma que, sin embargo, se podría haber hecho mejor, más o que aquello no es suficiente.

Piénsese cuantas veces nos hemos oído decir: «si, está bien, pero no es suficiente, podrías haberlo hecho mejor». El poder formidable de este ingrediente para echar a perder la más extraordinaria de las relaciones reside en el contraste entre la primera y la segunda parte del diálogo. Es una especie de estrategia invencible para crear problemas aun cuando no exista ni siquiera sombra de ellos. Por este motivo podemos definirlo no como un ingrediente sino como una receta en si misma. Una poción venenosa para la que no existe antídotos: la persona que quiera de forma estratégica echar a perder una relación de pareja que recurra a este sistema y tendrá resultados catastróficos garantizados.

(de “Corrígeme si me equivoco“. G. Nardone)


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