¿La pareja? Una cuestión de poder

Psicólogo Madrid, Psicoterapia / 22.07.2015

En la pareja, una convivencia, un matrimonio, cada cónyuge puede hallarse respecto al otro en una posición superior o inferior alternadamente y en diferentes áreas de su vida. Por ejemplo, uno de ellos puede ser más cariñoso y el otro más intelectual; uno puede administrar bien el dinero y el otro tener habilidad para las reparaciones de la casa.

Esta pericia en distintas esferas puede llegar a una división del poder y a un ordenamiento jerárquico satisfactorios para ambos. Pero a veces la división del poder resulta insatisfactoria para uno de los dos, y la pareja no halla un modo de equilibrar el poder que los deje a ambos satisfechos.

La división del poder en la pareja

«Las parejas se dividen el poder de muy diversas maneras»

En algunas, uno de los cónyuges toma, por ejemplo, todas las decisiones vinculadas al hogar y los hijos, en tanto que el otro toma todas las referentes al contexto social extrafamiliar. En otras parejas, uno de los cónyuges puede tener poder de decisión sobre todo lo atinente al dinero, en tanto que el otro lo tiene en lo atinente a los familiares y amigos.

A veces la pareja resuelve la lucha para el poder escogiendo a los hijos. Por ejemplo, puede ocurrir que uno de los cónyuges toma la mayor parte de las decisiones mientras el otro se alía en su impotencia con los hijos, de un modo que debilita la autoridad del primero. Hay parejas que escogen como fuente de poder un síntoma en vez de un hijo. Síntomas como la depresión, el alcoholismo, ansiedad o afecciones psicosomáticas pueden cumplir este propósito.

Estar mal para equilibrar el poder

Entonces, uno de los cónyuges puede desarrollar un síntoma en su intento de cambiar la división del poder en la diada. Pero la conducta sintomática de un cónyuge es una solución desafortunada: la pareja queda confinada a una situación enfermiza.

Esta conducta – aunque útil en cuanto genera una cierta equidad entre ambos esposos, suscitando con frecuencia una interacción más benevolente e impidiendo una separación – no ayuda a los cónyuges a abordar y resolver las cuestiones que les preocupan y, en verdad, impide la resolución de estas cuestiones.

De esta manera, quedan definidas en la pareja dos jerarquías incongruentes:

  1. la persona que presenta el problema se encuentra en posición inferior porque necesita ayuda, y el cónyuge no sintomático se encuentra en la posición superior propia del que puede brindar ayuda;
  2. al no admitir la influencia y la ayuda del esposo, el cónyuge sintomático se sitúa en una posición superior al no sintomático, quien se afana en vano por influir en él y modificarlo.

La psicoterapia viene en ayuda

Como hemos visto, una manera de describir a un matrimonio con un cónyuge sintomático es en términos de “incongruencia jerárquica” por el poder. Toda pareja se debate con el problema que representa compartir el poder y organizar una jerarquía tal que las esferas del control y responsabilidad estén divididas entre los esposos. A veces, eso la pareja lo consigue y a veces el desencuentro es tan repetido que la relación se hace cada vez más problemática.

A esas alturas, cuando el sistema pareja está tan oxidado la psicoterapia es un válido recurso. Normalmente, los objetivos de la psicoterapia son, ante todo, impedir la repetición de secuencias e introducir mayor complejidad y alternativas.

La principal técnica terapéutica aplicada en las sesiones consiste en modificar las relaciones entre las personas disponiendo quienes habrán de dialogar, sobre qué temas y de que manera.


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